Me han
pedido que imparta un taller sobre el uso
de las Redes Sociales a un grupo de voluntarias y voluntarios del
Movimiento de los Focolares (Focolares, Web oficial) provenientes de distintos puntos
de España. Primero, me siento agradecido y halagado. Después, tengo un poco de
pudor. No soy un experto en el tema. Como en tantas otras cosas, solamente soy
un usuario habitual, quizás avanzado, y publico lo que escribo en distintas
plataformas. Agradezco a quienes me invitan a expresarme en ellas y me atrevo
hoy, con cierto reparo, a compartir qué tengo en cuenta cuando tengo que
acometer esa labor.
Reparo,
porque creo honestamente que puedo aportar en las redes lo que pienso y siento,
pero como en cualquier otra experiencia de comunicación, soy consciente de que
si bien habrá quienes compartan total o parcialmente mis opiniones, otras
personas no pensarán lo mismo y tendrán otras tan válidas como las mías, o más,
aunque pudieran ser antagónicas.
Y es
en este punto en el que quisiera detenerme un momento.
Las
Redes Sociales se han convertido, en cierta medida, en la plaza del pueblo. Y en las plazas de los pueblos coincidimos
personas de toda clase, formación, profesión, habilidad, ideología, creencia,
virtud o ausencia de alguna o de todas las antedichas. También personas
bienintencionadas, las más, y otras con aviesas intenciones, no tantas, pero
muy dañinas.
En la plaza real, con sus bancos, fuentes, farolillos,
árboles y jardines, a una determinada hora —pueden ser varias a lo largo de la
jornada— se reúne el vecindario. Encuentro a alguien con quien hablar e inicio
una conversación o reacciono y respondo si quien da el primer paso es la otra
persona. Casi con total seguridad será conocida —de lo contrario podrían
tomarme por loco— y nuestra charla pasará desapercibida para el resto de
ocupantes del espacio circundante, salvo para quienes estén a nuestro lado y no
estén hablando con nadie, u otras personas, también conocidas, que podrían
querer sumarse a nuestro coloquio.
El
tono de éste será cordial en la medida en que el tema tratado no genere
discordancias o acabará con una abrupta subida de volumen de las voces y
correspondiente engrosamiento de las palabras en caso contrario. Algunos
—subrayo aquí mayoritariamente el masculino—, incluso, llegado el caso, podrían
evocar su vena pugilística e intentar liarse a guantazos para dirimir
diferencias. Cómo acabe esta historia dependerá del grado de proximidad,
relación afectiva, educación y contención de las personas implicadas.
En la
nueva plaza virtual no hay
diferencia en cuanto a la tipología de las personas participantes antes
descrita. Sin embargo, sí en cuanto al número. Aquí son miles o cientos de
miles. A esta plaza, además, puedo acceder en cualquier momento y desde
cualquier sitio, con solo activar mi teléfono inteligente, mi tablet o mi ordenador. Y estas son las
puertas de acceso al mundo de las redes sociales, que son “... sitios o
plataformas de internet que nos permiten conectarnos con amigos y familiares,
entablar nuevas relaciones de un modo virtual y compartir e interactuar con
todos ellos intercambiando información, datos y contenidos en diferentes
formatos (texto, audio, fotografía, vídeo). También creamos comunidades sobre
intereses comunes: trabajo, tiempo libre, lecturas, juegos, amistad, aficiones,
relaciones amorosas, relaciones comerciales, etc.” (Duque, 2018).
Pero
en estas interacciones entra en juego algo que pasa absolutamente
desapercibido, y que toma buena nota de todo, DE TODO. Al conectarme a internet, a través de cada red social que
utilizo “... estoy transmitiendo sin apenas darme cuenta quién soy, dónde vivo,
dónde estudio o trabajo, dónde estoy, con quién, cómo voy, qué me gusta y qué
no, a qué hora y qué leo, cuándo duermo, quiénes son mis amigos y familiares,
cuál es mi orientación sexual, religiosa, política…” (Duque 2018).
Esta
información que se recoge y almacena cuidadosamente en una gigantesca base de
datos (Big Data) que será analizada,
ordenada y clasificada para ser utilizada convenientemente para ofrecerme lo
que decida que se ajusta a mi perfil y beneficie a las empresas que patrocinan
la red social correspondiente. En pocas palabras, para controlarme y
manipularme contando con mi consentimiento. “Juntos, libre y voluntariamente,
estamos haciendo realidad parte de la distopía del 1984 de George Orwel: Big
brother is watching you! (¡El Gran Hermano te vigila!). E insisto: diaria, libre y voluntariamente,
sin preocuparnos lo más mínimo” (Duque, 2021).
Foto de Gerd Altmann en Pixabay
Por
otra parte, ¿cuántas veces nos habremos encontrado con noticias, imágenes,
comentarios, vídeos, audios o textos que nos han hecho experimentar
sentimientos de ansiedad, odio, hostilidad, discordia, división? Muy
probablemente gran parte de ellas, si no todas, serían noticias falsas (fake news), ya que esos son los efectos
que provocan.
¿Cuántas
nos hemos resistido a reaccionar del mismo modo y volcarlo en las redes?
Teniendo
todo esto en cuenta, que puede asustar un poco, ¿qué podemos hacer?
En
1997, en su Lección con motivo de la
concesión del doctorado honoris causa
en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Católica St. John, Bangkok,
hablando del uso de los medios de comunicación de ese momento por parte del
Movimiento de los Focolares por ella fundado, Chiara Lubich decía:
... Es
verdad que actualmente se los critica por el mal, la violencia, el erotismo,
etc., que transmiten. Por eso, dado el mal uso que se suele hacer de ellos, nos
podemos preguntar si nos alineamos con los que los maldicen, o bien con los que
los exaltan.
Nosotros
queremos estar entre los que quieren hacer buen uso de ellos e invitan a los
demás a hacer lo mismo (...) Precisamente ahora, cuando se requiere un mundo
más unido y se reclama la fraternidad universal, ahora es cuando la humanidad
dispone de estos potentes medios de comunicación (...) Espero que, gracias a él
(el doctorado honoris causa) muchos
adquieran mayor conciencia de lo que pueden llegar a ser en nuestras manos
estos dones de la técnica moderna. (Clariá, Dal Rì, 2000:514).
Como
vemos, las redes sociales pueden contribuir tanto a la construcción de un mundo
mejor como a entorpecer este proceso. Si nuestra apuesta es la primera,
esforcémonos por conocerlas bien y utilizarlas adecuadamente, cuidando qué y
cómo dejamos nuestra huella en ellas.
Tengo
en mi mesa un pequeño cartel en inglés que me recuerda una clave que me ayuda a
ello: antes de hablar —o de
escribir, de compartir por las redes...—:
PIENSA (Before you speak: THINK), transformando el verbo pensar
en inglés (think) en un acrónimo:
T - Is it true? (¿Es cierto?)
H - Is
ti helpful? (¿Es útil?)
I - Is
it inspiring? (¿Es motivador?)
N - Is
it necessary? (¿Es necesario?)
K - Is
it kind? (¿Es amable?)
Referencias
Clariá,
Carlos y Dal Rì, Claretta (2000). Unidad
y medios de comunicación. En Como un
arco iris. Madrid: Ciudad Nueva, 509-596.
Duque,
Juan Carlos (2018, 11 de mayo). Redes sociales: emociones a flor de piel. Recuperado
de https://blogs.eitb.eus/inteligenciaemocional/2018/05/11/redes-sociales-emociones-a-flor-de-piel/
Duque,
Juan Carlos (2021, 16 de febrero) El dilema de la mensajería digital.
Recuperado de https://blogs.eitb.eus/inteligenciaemocional/2021/02/16/el-dilema-de-la-mensajeria-digital/
Duque,
Juan Carlos (2022, 17 de mayo). No a la inversa. Recuperado de https://blogs.eitb.eus/inteligenciaemocional/2022/05/17/no-a-la-inversa/
Duque,
Juan Carlos (2022, 15 de julio). Erótica de la negatividad. Recuperado de https://blogs.eitb.eus/inteligenciaemocional/2022/07/15/erotica-de-la-negativdad/
Focolares,
Movimiento de los (Web oficial). Voluntarios. Recuperado de https://www.focolare.org/espana/es/focolares/scelte-e-impegno/volontari/